domingo, 8 de febrero de 2026

El vicio de la lectura es más barato y accesible que cualquier otro, y carece de efectos secundarios...

Una senda escondida

En el acto de escribir puede haber amargura, angustia y desánimo; en la lectura, que yo sepa, solo hay felicidad

Fran Pulido



Está bien agradecer a conciencia aquello en lo que uno ha sido afortunado. Yo he conocido, como todo el mundo, mis dosis de sinsabores y de infortunios, pero sé que he tenido suerte en las dos o tres cosas fundamentales de la vida. Una de ellas es que nunca me ha faltado el refugio, el consuelo, el vicio, el sustento de la literatura, y de la lectura, para ser más exactos. En el oficio de escribir hay demasiada incertidumbre, y si uno tiene un poco de conciencia crítica es probable que al cabo de un tiempo sienta el remordimiento de los errores cometidos, y que al revisar por encima un libro ya publicado se fije en los descuidos, en las imprecisiones, en los excesos verbales en los que no debía haber incurrido. En Alemania y en Estados Unidos es habitual que en sus presentaciones un autor lea en voz alta algunas páginas del libro recién publicado. Cuando he tenido que hacerlo, he mirado las caras del público temiendo detectar en ellas una aburrida somnolencia, y no se me ha ocurrido otro remedio que suprimir palabras, hasta frases enteras, que de pronto me parecían innecesarias, corregir retrospectivamente lo que podría haber sido mucho mejor.

Puede que la vanidad sea un reflejo de autodefensa en un trabajo tan incierto, pero no estoy seguro, igual que no estoy seguro de que la chulería de ciertos matones sea la máscara de una fragilidad interior. Decía Gore Vidal que nadie debería engañarse con respecto a la apariencia helada que presentaba él al mundo: debajo del hielo había agua muy fría. Así que es posible que debajo de las vanidades hipertróficas que ahora propician las redes sociales lo que se esconda sean capas más profundas de vanidad y tontería, y que detrás de la máscara de esos brutos faltones que andan por ahí lo que haya sea una pura soberbia que, al no ser satisfecha, segregue un refuerzo de resentimiento.

A mí el oficio de escribir me ha causado muchas veces angustia y desánimo, hartazgo de las inercias sinuosas que suelen confundirse con rasgos de estilo, pero, a pesar de todo, lo disfruto tanto que no me imagino haciendo otra cosa en la vida, sobre todo ahora que me voy desprendiendo de tareas accesorias y de la exposición pública que tan fácilmente puede convertir a un escritor en la caricatura de sí mismo, además de quitarle un tiempo que mejor dedicaría a escribir y a leer, y a mirar el mundo con atención y sosiego. Alguien publica algo y vende libros y se pone de moda, y a partir de ese momento se somete a una conspiración colectiva de invitaciones y halagos cuyo propósito es impedirle que vuelva a escribir, o que solo lo haga a toda prisa en un aeropuerto entre dos vuelos o en la habitación de un hotel adonde llegará rendido por el esfuerzo de actuar ante los demás como escritor.

En la lectura no existen esos inconvenientes. Es quizás el único vicio sin castigo, como escribió aquel lector extraordinario, Valery Larbaud, que llevó su maestría en la lectura hasta la hazaña de traducir Ulises al francés. Un traductor es el lector máximo, el que no se pierde ningún matiz, el que llega a conocer el texto mejor que quien lo escribió, porque es posible que le dedique más tiempo. La inteligencia artificial, que al menos en el campo de las humanidades no hace más inteligente a nadie, porque su único propósito es hacer mucho más ricos a los que ya lo son desmesuradamente, está minando sin que lo denuncie nadie el oficio esencial de los traductores, y haciendo todavía más precarias sus vidas. Pero sin ellos no existe el reino maravilloso de la literatura universal, y nuestra humanidad queda mermada y un poco más robotizada. El vicio de la lectura es más barato y accesible que cualquier otro, y carece de efectos secundarios, a no ser que uno, de leer tanto, acabe como don Quijote de la Mancha, pasando “las noches leyendo de claro en claro y los días de turbio en turbio”, pero mucho peor será siempre dejarse la vida y la vista en el brillo helado de una pantalla.

Escribir tiene sus neurosis y sus desengaños, sus peligros diversos que cubren el arco entre la vanidad y la amargura, entre el delirio de la soberbia y la tristeza de quien claudica, no siempre por falta de talento. El talento sin suerte puede mucho menos de lo que sería justo, y en la literatura y en las artes casi todo lo que más brilla es falso. Lo verdadero, cuando brilla, no es porque lo ilumine el foco voluble de la moda, sino porque irradia su propia luz, en un raro fenómeno parecido a la bioluminiscencia.

En el acto de escribir puede haber amargura: en la lectura, que yo sepa, solo hay felicidad. Yo lo descubrí nada más aprender las primeras letras, y hasta hoy. Leía muy despacio y separando las sílabas un libro escolar que se llamaba el Parvulito, y cuando iba por la calle de la mano de mi madre descifraba con satisfacción precoz los letreros de las tiendas y los nombres de las calles. Llegué muy pronto a los tebeos, que en mi tierra llamábamos Pulgarcitos, y con ellos conocí tempranamente el deleite unas veces ensimismado y otras compartido de leer durante mucho rato, de encontrarme en una fraternidad de lectores como yo y de seres imaginarios. Un niño no sabe que las películas tienen director, y que las historias que tanto le gustan han sido escritas y también dibujadas por alguien. Solo muchos años después hemos descubierto nuestra deuda de gratitud con los historietistas que trabajaban como galeotes para la editorial Bruguera, Ibáñez, Segura, el inmenso Escobar, que introducía un alma anarquista y satírica en sus viñetas de Carpanta y de Zipi y Zape. Y tampoco sabíamos que los autores de las novelillas del oeste, de espías y extraterrestres que comprábamos en los kioscos, aunque firmaban con sonoros nombres americanos,— Edward Goodman, Clark Carrados, Silver Kane, Lou Carrigan— eran veteranos de guerra del bando republicano, expulsados de sus profesiones, salidos de las cárceles, sobreviviendo como podían, anónimos a la fuerza.

Dice Simone Weil que de algunas de nuestras mejores acciones no llegamos a enterarnos, espléndido reverso para los que hacen ostentación de las suyas. Si yo tuviera que hacer una lista de agradecimientos como las que se ponen a veces al final de los libros, no habría páginas suficientes para completarla. Salvo en alguna época universitaria en la que me forcé sin éxito a traspasar espesas arideces teóricas, solo he leído y leo por curiosidad y por placer. Aprender otros idiomas me ha servido para ensanchar el horizonte de las lecturas y para aumentar el placer cuando me ha sido posible leer en su lengua original a algunos autores que ya amaba traducidos a la mía. Hay personas que me dicen que con el paso de los años han ido perdiendo la afición por las novelas, y prefieren ahora la no ficción. Durante un tiempo pensé que empezaba a pasarme eso, pero ha sido lo contrario. Herman Melville, Henry James, Conrad, Pérez Galdós, Flaubert, George Eliot, Charlotte Brontë, Flaubert, Virginia Woolf, Joyce, Proust, Flannery O’Connor, Katherine Mansfield, me gustan más que nunca, a medida que llego o que regreso a ellos. Pero también disfruto más que nunca de la poesía, y de libros de historia, de arqueología, de divulgación científica, de memorias, sin más orden ni más hilo conductor que la satisfacción de la curiosidad y el deleite de lo muy bien escrito. Creo que era Schumann quien decía que, habiendo tanta música buena, no queda tiempo para escuchar música mala. Al cabo de más de 60 años dedicado a ella, no conozco mejor ventana al mundo ni refugio contra el mundo que la lectura. Es una parte de la escondida senda que soñaba Fray Luis de León. Yo tuve la suerte de encontrarla muy pronto.

sábado, 15 de noviembre de 2025

"Corazón tan blanco", probablemente la mejor novela de Javier Marías, encabeza esta lista...

Los 50 mejores libros españoles del último medio siglo

Un jurado de 116 especialistas selecciona los títulos más relevantes desde la muerte del dictador en 1975




Este año, cuando se cumplen 50 años de la muerte de Franco, desde Babelia hemos planteado una reflexión colectiva sobre la cultura española desde 1975 hasta el presente. A principios de este 2025 ideamos el proyecto y diseñamos un primer jurado de expertos para que eligiesen los 50 mejores discos del último medio siglo: ganaron La leyenda del tiempo de Camarón de la Isla y El mal querer de Rosalía. En primavera fue el turno de las películas, con Arrebato de Iván Zulueta y La escopeta nacional de Luis García Berlanga a la cabeza. Y ahora, los libros. Cambian referentes a la vez que se modifican los gustos, hay libros que conservan el prestigio y autores que ganan centralidad. La sensibilidad actual es la clave para comprender la relación de la sociedad española con las letras de la democracia. Para los expertos, hoy los grandes nombres son Javier Marías, Carmen Martín Gaite, Rafael Chirbes y Javier Cercas


miércoles, 9 de julio de 2025

asimismo / así mismo / a sí mismo

Cómo se escribe: asimismo, así mismo o a sí mismo

La duda surge porque se pronuncian prácticamente igual, pero tienen diferentes significados


Teclado de una máquina de escribir antigua.pixabay


El Mundo: Actualizado 

Asimismoasí mismo y a sí mismo. Si pronunciamos de seguido los tres grupos de palabras, comprobamos que prácticamente tienen el mismo sonido, lo que puede dar pie a posibles confusiones a la hora de ponerse a escribir alguno de ellos. Se debe conocer la diferencia de cada término, puesto que cada uno tiene un significado distinto y podemos caer en un error ortográfico de envergadura.

Para despejar todas las dudas, pasamos a diseccionar cada una de las partes involucradas en el embrollo.

ASIMISMO

Asimismo, escrito como una sola palabra, es un adverbio que indica igualdad, semejanza, conformidad o relación, es decir, es equivalente a también y además. La Real Academia Española (RAE) también acepta la grafía en dos palabras, la locución adverbial así mismo, cuando tiene ese valor. Ahora bien, también apunta a que es preferible usar la forma asimismo y subraya la incorrección que supone añadir tilde, descartando categóricamente la grafía asímismo.

  • Cuando los trabajadores volvieron a sus puestos, los jefes asimismo empezaron a calmarse
  • Los miembros del grupo cancelaron el concierto. Asimismo, decidieron no tocar juntos más

ASÍ MISMO

Nos adentramos en la parte donde más gente llega a cometer errores ortográficos. Y es que la secuencia así mismo puede responder también a la unión del adverbio de modo 'así' y del adverbio 'mismo' usado con valor enfático. En este caso, el significado de la expresión es claramente modal (de la misma forma, de la misma manera)", explica el Diccionario panhispánico de dudas. En este caso, así mismo sólo puede escribirse por separado. Asimismo, el adverbio de refuerzo pude quedar omitido.

  • Vente así mismo, la fiesta no es de etiqueta (Vente así, la fiesta no es de etiqueta)
  • 'Eres un alcornoque'. Díselo así mismo, sin pensar en los buenos modales

A SÍ MISMO

Menos duda deja la construcción de tres palabras a sí mismo. Se trata de la preposición 'a', el pronombre reflexivo 'sí' (siempre con tilde) y el adjetivo 'mismo'. Dicha secuencia indica una acción que el sujeto de la oración realiza sobre sí mismo y el adjetivo puede variar en número y género.

  • Carlotas se hizo un piercing a sí mismo
  • Scarlett O'Hara se dijo a sí misma, poniendo a Dios como testigo, que nunca más pasaría hambre


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Diccionario panhispánico de dudas


1. 'También'«Afinaron sus delicados instrumentos las tañedoras de laúd. Comparecieron asimismo las danzarinas, los equilibristas y el narrador de historias fantásticas» (Moix Sueño [Esp. 1986]). Con este sentido, hoy es mayoritaria y preferible la grafía simple asimismo, frente a la grafía en dos palabras así mismo, que se aconseja reservar para la secuencia con sentido modal (→ 2). La forma simple se escribe sin tilde, por lo que no es correcta la grafía ⊗‍asímismo.

2. La secuencia así mismo puede ser también el resultado de combinar el adverbio de modo así con el adverbio mismo usado con valor enfático. En este caso, cuando el significado de la expresión es claramente modal ('de la misma forma, de la misma manera'), solo puede escribirse en dos palabras: «¿Representamos una entidad libre y soberana? ¿Sí? Pues así mismo lo haremos sentir» (MtnMoreno Respuesta [Méx. 1994])«La arrastró hasta el balcón y así mismo, en traje de Eva, la tiró a la calle» (Vega Crónicas [P. Rico 1991]).

3. Estas expresiones adverbiales no deben confundirse con la secuencia a sí mismo, formada por la preposición a, el pronombre reflexivo  y el adjetivo mismo«Sonríe mucho, parece gustarse a sí mismo y no tiene complejos» (País [Esp.] 1.12.1987).

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IA: GEMINI

La forma correcta es asimismo, que se escribe en una sola palabra y significa "también" o "además". La forma así mismo (en dos palabras) se usa cuando se quiere enfatizar el modo o manera, similar a "de la misma forma"La forma a sí mismo (en tres palabras) se refiere a la acción reflexiva del sujeto sobre sí mismo

Ejemplos:

  • Asimismo: "Asimismo, se espera que las ventas aumenten este año." (También se espera que...)
  • Así mismo: "Cierra la puerta así mismo como te la encontraste." (De la misma manera)
  • A sí mismo: "Se miraba a sí mismo en el espejo." (A él mismo) 

La Real Academia Española (RAE) prefiere el uso de asimismo en lugar de así mismo cuando se refiere a "también" o "además", según la RAE. Sin embargo, ambas formas son válidas en ese contexto. 

En resumen, si quieres usar el significado de "también" o "además", usa asimismo. Si quieres enfatizar el modo o manera, usa así mismo. Y si quieres referirte a una acción reflexiva, usa a sí mismo.