miércoles, 9 de septiembre de 2026

Camus decía que a un viaje solo le da sentido el miedo. Sentirte vulnerable lejos de casa y querer volver a su abrigo.

Al querer huir lo llaman viajar


Intuyo que hay mucha voluntad de huida en los viajes en troquel de hoy en día. Sin embargo, la guadaña de todos los septiembres espera tras la esquina


El tren Transiberiano, que conecta Moscú y Vladivostok. ... pedro sala (Getty)



Hay que imaginar a ese anciano en plena noche: tiene 82 años, una esposa que ya no soporta, mil contradicciones que lo atormentan y una necesidad imperiosa: huir. Da igual que viva en la finca de Yásnaia Poliana bucólicamente rodeado de fresnos, jardines, un lago y muchos sirvientes. Da igual que haya escrito Anna Karénina o Guerra y paz. Da igual que toda Rusia sepa quién es León Tolstói. Él ya no aguanta más. Se ahoga. Tiene que escapar.

El hombre se toma el pulso: 97 pulsaciones. Escribe una carta a Sofía, su mujer. Mi partida te disgustará. Lo siento, pero intenta comprender y créeme que no podía actuar de otra manera. Se me ha hecho insoportable mi situación, la de un hombre que tiene consciencia de lo que le pesa la vida y sin embargo sigue viviendo en estas criminales condiciones de lujo insensato en medio de la miseria de todos los que le rodean. Entonces coge 39 rublos, se lleva a su médico y a su hija, toma el gabán, el sombrero y el equipaje, y se marcha al trote de los caballos en mitad de una negra madrugada de 1910.

Es impresionante el relato que arma Alberto Cavallari en La fuga de Tolstói (Editorial Rosita y Amparo), uno de los mejores libros que este año he leído. Una historia dramática y tremendamente literaria sobre la necesidad de huir hacia ese lugar que ningún mapa recoge y que solemos llamar libertad. Una historia de viento, nieve, bosques y horizontes con cuervos, de estaciones de trenes perdidas y vagones de tercera donde suena alegre el acordeón. Una peripecia de cocheros nocturnos, hospederías, té con miel y una manzana madurada con el último sol otoñal. A veces eso es huir.

Flota en esta crónica una reflexión sobre la huida como concepto. Dice Cavallari que huir siempre implica querer huir de uno mismo, sabiendo al mismo tiempo que eso es imposible; que en toda fuga uno va consigo mismo. Dice que Tolstói dejaba atrás pasado y presente imaginando que solo tenía un futuro. Lo importante era huir, en nombre de la desesperada esperanza que nos hace vivir.

Me he acordado de ese pasaje en estos días ya desgastados del verano. Uno te cuenta que vuelve de Japón. A otro le oyes decir que viene de Nueva York. Otro te dice que se marcha a Cantabria, que falta poco para septiembre y hay que aprovechar. Irse. Marcharse. Desconectar.

Intuyo que hay mucha voluntad de huida en los viajes en troquel de hoy en día. Sin embargo, la guadaña de todos los septiembres que esperan tras la esquina –volver a la rutina, a uno mismo, a la vida real– exige más rebeldías de verdad que sucedáneos de fuga.

Camus decía que a un viaje solo le da sentido el miedo. Sentirte vulnerable lejos de casa y querer volver a su abrigo: es en ese momento cuando somos más porosos y todo nos conmueve de verdad. Yo un día me puse a caminar a las cuatro de la mañana y no paré de andar hasta las nueve de la noche. Iba con un amigo. A medianoche volvimos a casa. Fue mi viaje más extraordinario. A veces el miedo no está tan mal.

Todos tenemos nuestros propios “y si”: a veces los “y si” nos torturan con lo que podría haber sido y otras nos seducen con lo que todavía puede ocurrir.

¿Y si no te hubiera conocido?

Hay algo en las vacaciones de verano que despierta al ejército de posibilidades que habitan en cualquiera de nosotros

Paul Auster y Siri Hustvedt, en una foto de 2007. ... Patrick McMullan (Patrick McMullan via Getty Images)


Emma Vallespinós


Una noche de invierno de 1981, cuatro días después de su vigésimo sexto cumpleaños, la escritora Siri Hustvedt acudió con un amigo a un recital de poesía en Nueva York. Al terminar, vio a un hombre en el vestíbulo. Era Paul Auster, su futuro marido. En aquel momento ignoraba su identidad. “La atracción que sentí fue como un golpe seco en la nuca”, confiesa en Historias de fantasmas, un libro conmovedor sobre el duelo escrito tras el fallecimiento de Auster y publicado hace unos meses en castellano por Seix Barral.

El amigo de Hustvedt los presentó. Acabaron los tres en un taxi rumbo a una fiesta. Después, Siri y Paul conversaron en un rincón del piso, abandonaron la fiesta, pasearon, tomaron algo en un bar. Más tarde, él la acompañó a buscar un taxi, hubo ese silencio extraño que precede a un primer beso y, luego, ella lo invitó a casa. Por la mañana, se despidieron. Al día siguiente, cuando Hustvedt volvió a su apartamento, encontró una nota en el buzón. En una hoja arrancada de un cuaderno de espiral, él le contaba que había estado llamando muchas veces sin éxito, y añadía: “Si esta nota llega a tus manos antes de que sea demasiado tarde, quizá podamos vernos antes de que acabe la noche. Llámame a casa”.

Y llamó, claro.

La noche del recital fue el punto de partida de su historia. A lo largo de los años, cuenta Hustvedt, él le preguntó muchas veces: “¿Y si no te hubiera conocido?”. Ella siempre respondía que, probablemente, habrían acabado coincidiendo en otro lugar, puesto que el mundillo de la poesía en Nueva York era reducido. “Paul no creía en el destino. Creía que eran los hechos fortuitos los que cambian la vida de las personas”, escribe.

Siempre me han obsesionado estos hechos fortuitos, el azar, lo que pudo no haber ocurrido. Darle vueltas a ese tipo de causalidades, a los “y si”, fue una de mis obsesiones de adolescencia. ¿Y si eran las decisiones más intrascendentes las que terminaban convirtiéndonos en las personas que éramos y no en otras bien distintas?

A los diecisiete años, después de la selectividad, hice un trámite para cambiar el orden de mis preferencias universitarias. Entraba en mi primera opción pero, fruto de un impulso repentino, decidí quedarme con la segunda. Con eso, acabé en otra universidad, conocí a otra gente, tuve otra vida. Como podrán imaginar, eso es material de primera para una adicta a los “y si”. Ese día, en el tiempo que se tarda en rellenar y firmar un formulario, elegí una vida diferente. ¿Y si no hubiera cambiado de opinión a última hora? ¿Quién sería yo? ¿Quiénes serían mis amigos? ¿Qué recordaría de aquellos años? Hubo una versión de mí que estuvo a punto de existir pero que no ha existido nunca.

Todos tenemos nuestros propios “y si”. En cada decisión que tomamos hay una renuncia. Nuestra nostalgia se alimenta, también, de eso. De los que fuimos alguna vez, de los que ya no seremos nunca.

Escribe Hustvedt que, a los catorce años, en un campamento de verano, Auster vio cómo un rayo fulminaba a un niño a pocos centímetros de él. El rayo no alcanzó al escritor por cuestión de segundos. Auster llamaba a este tipo de casualidades “la mecánica de la realidad”.

La ficción es tan adicta como yo a esa mecánica, a los “y si”, a los qué hubiera sucedido si. El año pasado, se cumplió el 30º aniversario de la trilogía Antes del amanecer de Richard Linklater. En la primera de las películas, dos veinteañeros, Jesse y Céline, se conocen en un tren. Al llegar a su estación, Jesse le propone que se baje con él. Durante esas horas en Viena, se enamoran, pero acuerdan que esa será su única noche. Viven en continentes distintos y temen enfriar la química que sienten si tienen que someterla a llamadas telefónicas y a promesas de futuro. Pero, por la mañana, a la hora de despedirse, toman una última decisión: no se darán los números de teléfono, harán algo mejor; encontrarse en esa misma estación seis meses después. Por supuesto, algo les fastidia los planes. Tendrá que pasar casi una década antes de que vuelvan a deambular juntos por las calles de otra ciudad europea y puedan plantar cara a tantos años de y síes. ¿Y si se hubieran dado los teléfonos? ¿Y si hubiesen seguido en contacto? ¿Qué habría pasado?

A veces los “y si” nos torturan con lo que podría haber sido y otras nos seducen con lo que todavía puede ocurrir. Hay algo en las vacaciones de verano que despierta al ejército de los “y si” que habitan en cualquiera de nosotros: ¿Y si empezara de nuevo? ¿Y si pudiera vivir de otro modo? ¿Y si la vida fuera algo más que madrugar, trabajar, poner lavadoras y dormir poco? Es difícil ignorar a un “y si”. Saben preguntar. Saben que no hay nada más vulnerable que una persona sin respuestas. Pero, ¿y si tuvieran razón? ¿Y si resulta que la vida es —y puede ser— otra cosa?

nadie corrige a nadie, ni siquiera por caridad cristiana (salvo el corrector de Word)...

La virtud de corregir a otros

Casi han desaparecido los controles de calidad. Nadie corrige a nadie, ni siquiera por caridad cristiana

Gavi durante la celebración de la conquista del Mundial 2026 en Madrid el pasado 20 de julio....Sergio Pérez (EFE)



Oigo en un boletín local de la Cadena SER el martes 18 de agosto que se está acusando a una empresa de “vertir aguas contaminadas” a un estanque. Bueno, un error lo tiene cualquiera. Pero en el boletín siguiente vuelve a rechinar el cambio de conjugación. De lo cual se deduce que nadie corrigió con rapidez a quien había incurrido en ese fallo profesional, para que no lo reiterara.

Casi todas las mañanas, temporada tras temporada, la persona que ofrece la información meteorológica en esa emisora repite “el resto de regiones”, en vez de “el resto de las regiones”. (Al reproducir ahora esas expresiones en Word, el corrector me avisa de que se dice “verter”, y subraya “regiones” para señalarme que le falta el artículo).

Los medios informativos dan la idea a cada rato de que casi han desaparecido sus controles de calidad; o, dicho de una manera más abrupta, que nadie corrige a nadie, ni siquiera por caridad cristiana (salvo el corrector de Word).

Un día sí y otro también leemos y oímos a muchos periodistas el condicional del rumor, proscrito por la mayoría de los libros de estilo, sin que sus jefes ni sus compañeros se sientan concernidos ante ese truco que sirve para transmitir noticias no comprobadas o falsas.

El diario LaRazón.es contó el 20 de agosto a las 13.01: “En lugar de comprar coches de lujo o realizar inversiones extravagantes, la estrella del Barça, Pablo Gavi, habría destinado silenciosamente 1,3 millones de euros a la construcción de viviendas para personas sin hogar en su tierra natal. El joven futbolista habría invertido esa cantidad en la creación de un moderno complejo con 150 apartamentos y 300 camas destinado a ayudar a las personas más vulnerables. (…) ‘Siempre he creído que tengo la responsabilidad de actuar cuando tengo la oportunidad de marcar una diferencia’, habría compartido Gavi”. La información se reprodujo en multitud de medios que no desconfiaron de esos tres “habría”, ni tampoco de la ausencia de fuentes, y que asumían todo como cierto sin comprobación alguna: LaVanguardia.com, el 21 de agosto: “Gavi destina 1,3 millones a la construcción de viviendas para personas sin hogar en Los Palacios”. ElMundo.es, 21 de agosto: “Gavi dona 1,3 millones para construir viviendas destinadas a personas sin hogar en su pueblo”. Sport.es, 22 de agosto: “Gavi invierte 1,3 millones en la construcción de 150 viviendas para personas sin hogar en el pueblo de su infancia”. Y muchos más. (Lo mismo ocurrió en las redes sociales, que en este caso no fueron peor fuente que parte de la prensa considerada seria).

Un diario sí hizo su trabajo, el gaditano LaVozdelSur.es. Habló con representantes del futbolista, con la Delegación de Urbanismo, con autoridades municipales: ni existía la donación ni existía el proyecto de viviendas…, ni existían las declaraciones. Y decidió contarlo. (Curiosamente, un bulo similar se había difundido en 2012 sobre una donación de 300.000 euros a cargo de Iniesta, tras ganar la Eurocopa).

Una gran cantidad de medios no citó la fuente (La Razón) hasta que se desmintió la noticia. Casi ninguno mencionó a La Voz del Sur en las rectificaciones posteriores. Y otros borrarían la información después, sin más explicación, en una tremenda falta de respeto a sus lectores.

El periodismo debería tomarse muy en serio que es imprescindible aumentar los controles de calidad, y también recuperar la vieja red de correcciones sinceras y amables entre compañeros. La manera de competir a largo plazo con las redes sociales y con la irresponsable agilidad de un sinfín de medios frívolos no consiste en disputarles la rapidez, sino en mantener la consistencia.