jueves, 23 de abril de 2026
domingo, 8 de febrero de 2026
El vicio de la lectura es más barato y accesible que cualquier otro, y carece de efectos secundarios...
Una senda escondida
En el acto de escribir puede haber amargura, angustia y desánimo; en la lectura, que yo sepa, solo hay felicidad
Está bien agradecer a conciencia aquello en lo que uno ha sido afortunado. Yo he conocido, como todo el mundo, mis dosis de sinsabores y de infortunios, pero sé que he tenido suerte en las dos o tres cosas fundamentales de la vida. Una de ellas es que nunca me ha faltado el refugio, el consuelo, el vicio, el sustento de la literatura, y de la lectura, para ser más exactos. En el oficio de escribir hay demasiada incertidumbre, y si uno tiene un poco de conciencia crítica es probable que al cabo de un tiempo sienta el remordimiento de los errores cometidos, y que al revisar por encima un libro ya publicado se fije en los descuidos, en las imprecisiones, en los excesos verbales en los que no debía haber incurrido. En Alemania y en Estados Unidos es habitual que en sus presentaciones un autor lea en voz alta algunas páginas del libro recién publicado. Cuando he tenido que hacerlo, he mirado las caras del público temiendo detectar en ellas una aburrida somnolencia, y no se me ha ocurrido otro remedio que suprimir palabras, hasta frases enteras, que de pronto me parecían innecesarias, corregir retrospectivamente lo que podría haber sido mucho mejor.
Puede que la vanidad sea un reflejo de autodefensa en un trabajo tan incierto, pero no estoy seguro, igual que no estoy seguro de que la chulería de ciertos matones sea la máscara de una fragilidad interior. Decía Gore Vidal que nadie debería engañarse con respecto a la apariencia helada que presentaba él al mundo: debajo del hielo había agua muy fría. Así que es posible que debajo de las vanidades hipertróficas que ahora propician las redes sociales lo que se esconda sean capas más profundas de vanidad y tontería, y que detrás de la máscara de esos brutos faltones que andan por ahí lo que haya sea una pura soberbia que, al no ser satisfecha, segregue un refuerzo de resentimiento.
A mí el oficio de escribir me ha causado muchas veces angustia y desánimo, hartazgo de las inercias sinuosas que suelen confundirse con rasgos de estilo, pero, a pesar de todo, lo disfruto tanto que no me imagino haciendo otra cosa en la vida, sobre todo ahora que me voy desprendiendo de tareas accesorias y de la exposición pública que tan fácilmente puede convertir a un escritor en la caricatura de sí mismo, además de quitarle un tiempo que mejor dedicaría a escribir y a leer, y a mirar el mundo con atención y sosiego. Alguien publica algo y vende libros y se pone de moda, y a partir de ese momento se somete a una conspiración colectiva de invitaciones y halagos cuyo propósito es impedirle que vuelva a escribir, o que solo lo haga a toda prisa en un aeropuerto entre dos vuelos o en la habitación de un hotel adonde llegará rendido por el esfuerzo de actuar ante los demás como escritor.
En la lectura no existen esos inconvenientes. Es quizás el único vicio sin castigo, como escribió aquel lector extraordinario, Valery Larbaud, que llevó su maestría en la lectura hasta la hazaña de traducir Ulises al francés. Un traductor es el lector máximo, el que no se pierde ningún matiz, el que llega a conocer el texto mejor que quien lo escribió, porque es posible que le dedique más tiempo. La inteligencia artificial, que al menos en el campo de las humanidades no hace más inteligente a nadie, porque su único propósito es hacer mucho más ricos a los que ya lo son desmesuradamente, está minando sin que lo denuncie nadie el oficio esencial de los traductores, y haciendo todavía más precarias sus vidas. Pero sin ellos no existe el reino maravilloso de la literatura universal, y nuestra humanidad queda mermada y un poco más robotizada. El vicio de la lectura es más barato y accesible que cualquier otro, y carece de efectos secundarios, a no ser que uno, de leer tanto, acabe como don Quijote de la Mancha, pasando “las noches leyendo de claro en claro y los días de turbio en turbio”, pero mucho peor será siempre dejarse la vida y la vista en el brillo helado de una pantalla.
Escribir tiene sus neurosis y sus desengaños, sus peligros diversos que cubren el arco entre la vanidad y la amargura, entre el delirio de la soberbia y la tristeza de quien claudica, no siempre por falta de talento. El talento sin suerte puede mucho menos de lo que sería justo, y en la literatura y en las artes casi todo lo que más brilla es falso. Lo verdadero, cuando brilla, no es porque lo ilumine el foco voluble de la moda, sino porque irradia su propia luz, en un raro fenómeno parecido a la bioluminiscencia.
En el acto de escribir puede haber amargura: en la lectura, que yo sepa, solo hay felicidad. Yo lo descubrí nada más aprender las primeras letras, y hasta hoy. Leía muy despacio y separando las sílabas un libro escolar que se llamaba el Parvulito, y cuando iba por la calle de la mano de mi madre descifraba con satisfacción precoz los letreros de las tiendas y los nombres de las calles. Llegué muy pronto a los tebeos, que en mi tierra llamábamos Pulgarcitos, y con ellos conocí tempranamente el deleite unas veces ensimismado y otras compartido de leer durante mucho rato, de encontrarme en una fraternidad de lectores como yo y de seres imaginarios. Un niño no sabe que las películas tienen director, y que las historias que tanto le gustan han sido escritas y también dibujadas por alguien. Solo muchos años después hemos descubierto nuestra deuda de gratitud con los historietistas que trabajaban como galeotes para la editorial Bruguera, Ibáñez, Segura, el inmenso Escobar, que introducía un alma anarquista y satírica en sus viñetas de Carpanta y de Zipi y Zape. Y tampoco sabíamos que los autores de las novelillas del oeste, de espías y extraterrestres que comprábamos en los kioscos, aunque firmaban con sonoros nombres americanos,— Edward Goodman, Clark Carrados, Silver Kane, Lou Carrigan— eran veteranos de guerra del bando republicano, expulsados de sus profesiones, salidos de las cárceles, sobreviviendo como podían, anónimos a la fuerza.
Dice Simone Weil que de algunas de nuestras mejores acciones no llegamos a enterarnos, espléndido reverso para los que hacen ostentación de las suyas. Si yo tuviera que hacer una lista de agradecimientos como las que se ponen a veces al final de los libros, no habría páginas suficientes para completarla. Salvo en alguna época universitaria en la que me forcé sin éxito a traspasar espesas arideces teóricas, solo he leído y leo por curiosidad y por placer. Aprender otros idiomas me ha servido para ensanchar el horizonte de las lecturas y para aumentar el placer cuando me ha sido posible leer en su lengua original a algunos autores que ya amaba traducidos a la mía. Hay personas que me dicen que con el paso de los años han ido perdiendo la afición por las novelas, y prefieren ahora la no ficción. Durante un tiempo pensé que empezaba a pasarme eso, pero ha sido lo contrario. Herman Melville, Henry James, Conrad, Pérez Galdós, Flaubert, George Eliot, Charlotte Brontë, Flaubert, Virginia Woolf, Joyce, Proust, Flannery O’Connor, Katherine Mansfield, me gustan más que nunca, a medida que llego o que regreso a ellos. Pero también disfruto más que nunca de la poesía, y de libros de historia, de arqueología, de divulgación científica, de memorias, sin más orden ni más hilo conductor que la satisfacción de la curiosidad y el deleite de lo muy bien escrito. Creo que era Schumann quien decía que, habiendo tanta música buena, no queda tiempo para escuchar música mala. Al cabo de más de 60 años dedicado a ella, no conozco mejor ventana al mundo ni refugio contra el mundo que la lectura. Es una parte de la escondida senda que soñaba Fray Luis de León. Yo tuve la suerte de encontrarla muy pronto.
miércoles, 19 de julio de 2023
Sobre la lectura en compañía...
Quiere leer conmigo, todavía
El ritual es el mismo cada anochecer. Se pone el pijama, pasa por el baño y a la cama. Salta y salta sobre el colchón. Se ríe siempre, se le ocurren en ese momento del día todas las preguntas de su vida, apura el sol. Qué difícil es el verano para mandar a dormir a los niños. Bajamos la persiana, encendemos la luz de la mesilla y él elige un libro de su estantería. A veces, continúa con el que dejó ayer; a veces, quiere un cómic o un atlas de dinosaurios o uno de risa. Casi siempre uno gamberro. Yo no tengo sentido del humor leyendo, pero él sí. Él quiere pasárselo muy bien. Y quiere leer conmigo, todavía.
Hasta ahora, la lectura habitaba en ese lugar del día, al final. Nunca es una obligación. Pero creo que él piensa que la jornada termina siempre así para todos. Es lo que hemos hecho durante toda su vida. Entiende sin entender que leer es su buenas noches, su pequeño narcótico, su infusión. Le pregunto ahora mismo por qué le gusta leer y me dice tres cosas: porque aprende, porque se divierte y porque así pasa tiempo con nosotros. La última respuesta no la vi venir. Se llama Pablo y tiene siete años.
Qué es lo que hace que un niño elija leer. Sin duda, tener libros a mano es una premisa. Ver a sus padres hacerlo puede que también. Me parece importante que decida los títulos en cuanto sea capaz. Para mí, ninguna de esas tres cosas lo fue. Sí hay un libro en la vida de cada uno que nos transforma en lector. Un libro con el que dices quiero regresar a ese lugar imposible, quiero perder de nuevo la noción de las horas, de todo el ruido exterior. E interior. Y, a veces, con esa novela, con ese poema, con ese juego de las palabras, también puedes llegar a decirte: ahora voy a intentar escribirlo. Nadie sabe, excepto quien lo sostiene, la intimidad a la que responde un libro. Y esta es la verdad: a él le ha convertido en lector Capitán Calzoncillos.
Casi nunca elegiría para él los libros que él señala en la librería o en la biblioteca. Qué gran decepción que le pesara el ritmo de El libro de la selva o que no le interesaran los poemas de Gloria Fuertes. Hay álbumes preciosos, de ilustraciones delicadas y textos donde cada palabra tiene un peso y una belleza. Pero si eso no es lo que necesita para su verano, ¿no estaría poniendo trabas a la lectura? ¿No estaría traicionando la libertad de leer? ¿No estaría dinamitando el puente que le conducirá hacia otras páginas?
Observo cómo poco a poco comprende el mecanismo de la ficción, cómo entiende que lo que sucede en un libro respira en paisajes levantados por alguien. Creo que la relación con los libros es diferente para un niño que crece en una casa donde se escribe. Asiste, de alguna forma, a la génesis de todo eso que se esconde tras las cubiertas. Ese: no puedo ahora, tengo que escribir. O cuando me interrumpe mil veces, me deja dibujos sobre la mesa, me grita desde otra habitación: mamá, cuándo acabas. Los dos sabemos que no acabaré nunca.
Y no puedo evitar preguntarme si me leerá alguna vez, si sentirá pudor al hacerlo, qué pensará de la mujer que soy cuando comprenda esos libros, me pregunto si le esconderé los poemas. Las novelas, sí; los poemas, no. ¿Sabrá encontrarme entre las líneas? Hace poco, se me ocurrió leerle el primer capítulo de mi primera novela. Me dijo: es muy real, pero la madre está enfadada siempre. Llevaba razón. Comprensión lectora en orden. No seguí. Todavía no tiene edad.
Aún no lo sabe, pero esa estantería de su habitación llena de cuentos puede llegar a ser un salvavidas. Los libros irán cambiando con el tiempo. Se marcharán Jorge y Berto, el Grúfalo, Gerónimo, los animales de Por el camino no volverán, ni la Maiasaura y sus crías y todos los demás. Llegarán otros personajes y nuevas aventuras, novelas de aprendizaje, clásicos, ciencia ficción. Vendrá la poesía tal vez.
Para él quedarán los diferentes universos que ya ha heredado de sus padres, guardados durante dos biografías lectoras: Miguel Hernández para niños y De profesión, fantasma; Zapatos de fuego y sandalias de viento y 2001, una odisea en el espacio; García Lorca y Tolkien; Carlos Fuentes y Cortázar; Agota Kristof y Ted Chiang. Podrá elegir, descubrirá los subrayados trazados muchos años antes por personas que, tal vez, ya no estén o no sean las mismas.
Sí siento que, con la lectura, con los libros, queda a su alcance un escudo, una red bajo todos los precipicios que sucedan, una salida para el tedio, una forma de entender las palabras y la vida distinta, un pensamiento afilado, saber que es posible la libertad de expresión. Leer nos sostiene a los que leemos, nos da techo, nos deja ser villanos por un tiempo, nos permite la valentía, nos muestra otro dolor.
Sé que esto terminará muy pronto. Que habrá un momento en que no necesite a esta compañera para la lectura. Que querrá estar a solas en las páginas con la mayor libertad que tenemos las personas, nuestra imaginación. Y, por eso, todavía, cuando me dice mamá, lee tú, aunque yo tenga el trabajo acumulado pendiente, aunque vea mi propia torre de novelas sobre la mesilla para leer, y para escribir, cuando me dice vuelve a reírte conmigo de las mismas bromas absurdas, repetidas una y otra y otra vez en la misma página, le consiento. Pongo todas las voces. Se acurruca sobre mi pecho. Leo en voz alta para él. Capitán Calzoncillos si hace falta. Qué privilegio. Qué revolución.
lunes, 6 de marzo de 2023
Leer en compañía
Leer en compañía: en celebración de los clubs de lectura
Las claves para el fomento de la lectura, también en personas adultas, son el acompañamiento, la comunidad, el afecto
Mi primera experiencia de lectura en compañía fue cuando era niña. Antes de que supiera leer, mi madre me leía todas las noches, y cuando supe, fingí por un tiempo, porque pensé que si se enteraba me iba a dejar leyendo sola. Pero se enteró poco después y empezamos a turnarnos la lectura en voz alta. Era mi momento favorito del día, si me había peleado con mi madre, ahí se nos olvidaba, y se me olvidaban también las peleas con las amigas de la escuela y el miedo a los alienígenas y a los caníbales. La lectura era el espacio de entretenimiento, porque mi madre decía que a mi casa no llegaba la televisión (y yo le creí por demasiado tiempo). Leímos juntas hasta que cumplí diez años, cuando empecé a leer sagas de fantasía que desesperaban a mi madre porque tenían demasiados personajes. Ahí descubrí el placer de la lectura en soledad. Pero ese tiempo en que leí con mi madre, esa asociación de la lectura con el afecto, la convivencia y el gozo, fue decisiva en mi elección de estudiar literatura y dedicarme a las letras.
He sido parte de pocos clubs de lectura, aunque estudié Letras Inglesas y eso era un poco como estar en varios clubs al mismo tiempo. Con mis amigos de la carrera hicimos un club de Jane Austen donde leímos todos los libros conocidos de la autora. Zeidy, El rojo, Antonio y yo nos reuníamos una vez al mes, como señoritas victorianas, a tomar té en Azcapotzalco, en la colonia Obrera y en la San José Insurgentes para discutir esas novelas entrañables, geniales y divertidas que me han acompañado siempre.
También en la universidad asistí a un club de lectura al que llamaban “tertulia”, pero como el anfitrión dijera que pretendía que fuéramos el nuevo Ateneo de la Juventud salí corriendo de ahí y no regresé.
Un par de años después, un grupo de amigas y hermanos de amigas hicimos un club de lectura que sólo tuvo una sesión —que yo sepa— donde leímos y discutimos Los detectives salvajes entre clamores pasión y decepción (a mí la novela me apasionó, me decepcionó y me volvió a apasionar). En ese club conocí a Irene, con quien varios años después organizamos un club de lectura de Wittgenstein. Irene es filósofa, yo le temo a la filosofía y sin su guía no me habría atrevido a leer el Tractatus, que sin embargo resultó mucho más entretenido de lo que imaginaba.
Ahí terminan mis experiencias de clubs de lectura. Desde entonces he estado en varios talleres entre amigas, que son en el fondo clubs de lectura donde leemos textos en proceso. Ahora me turno noche por medio con el padre de mi hijo para leer con él. Estamos leyendo juntos la extraordinaria novela Mofeto y Tejón.
A finales del 2021 publiqué una novela llamada Punto de cruz que habla de amistad y de bordados. Desde que apareció, la novela ha sido leída en más de 30 clubs de lectura a los que he tenido la suerte de asistir de manera virtual, para escuchar comentarios y responder algunas preguntas sobre el libro. Según me cuentan las organizadoras, casi todos son clubs nacidos en pandemia y casi todos están compuestos principalmente por mujeres. Fuera de eso, la diversidad es la regla. He estado en clubs de mujeres mayores de sesenta años en bibliotecas españolas, clubs feministas de jóvenes veracruzanas, clubs de diversas edades en librerías de Argentina, clubs de suscripciones mensuales con cientos de participantes, clubs de cinco amigas en la colonia Narvarte, clubs de bordado donde a veces también leen, clubs dirigidos por influencers y clubs espontáneos y horizontales. En todos ellos me he encontrado con ese entusiasmo, ese compañerismo, esa complicidad y ese disfrute de leer en compañía.
Pero lo que más me ha sorprendido es que en muchos de esos clubs he conocido personas que me cuentan que antes de unirse al club no leían, que empezaron a leer desde que son parte. Leer es uno de esos hábitos que siempre pensé difícil de adquirir después de cierta edad. Salvo mi abuela, que empezó a leer cuando sus hijos crecieron, tengo pocos ejemplos a mi alrededor de personas que agarraron el gusto por la lectura después de cumplir veinte años. El fomento de la lectura me pareció siempre un trabajo dirigido a la infancia y la adolescencia, nunca se me ocurrió que la clave para las personas adultas era la misma que me llevó a mí a ser lectora: el acompañamiento, la comunidad, el afecto.
Dice Margit Frenk en su hermoso libro Entre la voz y el silencio que la lectura fue, hasta por lo menos el siglo XIX, una actividad llevada a cabo principalmente en voz alta y en compañía. Quise escribir esto para celebrar estas comunidades de mujeres que han regresado a esas raíces de la lectura y que le están dando una nueva oportunidad, una mejor vida a los libros.
***



